26/05/10

La Tierra de los Desperdicios

La mejor manera de no volverse loco en un mundo es crearse y mantenerse en el propio suyo. Contener el llanto y viajar en tren. Tocar un poco el piano y mirar por la ventana. Pensar en las palabras y su profundidad, porque con ellas nos decimos todo. El silencio es aparte, cuando se pierde el sentido de las cosas. Y no aquel país de las últimas cosas que Paul nos describe entrañablemente.
Hoy entraré en el mundo de una mujer, donde hace una semana lo perdió todo. Caminó a paso apresurado entre la multitud, aunque nadie volteara siquiera a mirarla. Se agachó y cayó en un profundo sueño.
En los sueños las personas viven, aquellas que están muertas. Los amigos y la familia reviven y regresan a la vida como si el tiempo no transcurriera. En este sueño un joven llamado Flavio fue quién visitó a la joven mujer y la hizo suya una vez más. Sin nada que contener, postró a Alina y la besó con dulzura. Ella deslizó su mano entre los pantalones y tocó su temible deseo.
-¡Ah! Ya lo esperaba desde hace mucho -exclamó Alina, con un ferviente deseo de ser poseída para siempre.
-¡Pecadora! Aquí y ahora eres una puta y una pecadora que sólo busca placer. Ya no puedes sentir amor, ya no quieres liberarte y amar a alguien sin el derecho de ser correspondida. Egoísta que piensa en lo suyo propio y nadie más. ¡Jódete!
Flavio abrió sus piernas con fuerza y comenzó a tocarla en su palpitante sexo. El movimiento rudo de sus dedos hicieron a Alina desprender toda esa humedad que embriaga y adormece a los hombres.
-Si hoy muriera, sería feliz.
-Ya estás muerta. Desde que decidiste abandonarte y dejar de quererte. Mira las nubes, están grises. Son el reflejo de tu llanto interno, aquél que guardas en una caja fuerte.
Alina se mordió el labio inferior y comenzó a frotar su cuerpo con Flavio. No le importaba nada en vida y no le importó en ese momento cumbre.
El joven se levantó y se acomodó sus prendas. Dio media vuelta y comenzó a caminar. Alina volvió a sentirse sola. También se puso de pie y siguió a Flavio hasta que todo terminara.
"Si estoy muerta, ¿por qué me duele el pecho, por qué tengo esa vacía sensación de que me falta algo?" pensó mientras iba trás los pasos de su amado.
Cruzaron una puerta y llegaron a un enorme salón donde una mesa con platos y vasos estaban en el centro. No había ventanas ni otra puerta que llevara más lejos. En una esquina se paró Flavio y Alina se quedó en la entrada.
-Bienvenida a la vida después de la muerte.
-¿Es todo?
-Es lo que hay para ti. Es el reflejo de tu podrida alma. Un vacío existencial, un hambre de algo que no sabes y que por lo tanto no existe.
-Comprendo los platos y vasos. ¿Qué hay de ti?
-Yo solo te muestro tu nuevo hogar. Ahora debo continuar sin ti, como tú lo hiciste hace muchos años, cuando preferiste no hacer algo por mí y te tragaste tu orgullo que ahora hace nudos en tu garganta. Au revoir!
Alina sintió un vuelco en su estómago y cruzó la puerta.
-¡Espera! Si estoy muerta quiero ver a Dios.
Flavio se puso a recorrer la mesa y vio los platos, cucharas y tenedores que adornaban armoniosamente con la habitación.
-No has terminado de morir. Muy pocos logran descansar completamente en paz. Es una larga agonía que nadie está dispuesto a soportar. Lo que hacemos es guardarlos en este tipo de habitaciones y esperamos que con el tiempo se acostumbren a ellas. Si hay posibilidad los regresamos a la vida y al mundo que tanto anhelan vivir.
-No tiene sentido- replicó Alina.
-Nadie dijo que tenía que existir un sentido.
Alina se echó a llorar y corrió a abrazar a Flavio.
-No te vayas, quédate conmigo. Te extraño y necesito que me perdones. No quiero quedarme sola.
-¿Nunca he entendido por qué le temen tanto a la soledad? Nada es para siempre.
Alina entre sollozos preguntó:
-¿Ni siquiera tú?
Y cuando abrió los ojos y buscó los de Flavio se dio cuenta que él ya no estaba. Se abrazaba a si misma y la puerta por la que había entrado ya no existía.
La joven por un momento comprendió el sentido de su historia y se resignó. Caminó hacia una esquina de la habitación y se agachó a llorar. Se abrazaba y frotaba con fervor sus brazos y pensaba incansablemente "No estoy sola, nada es para siempre".



Cerró sus ojos y esperó morir o vivir.

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