19/08/10

La locura de un cobarde.

1

Comenzar una historia que no ha terminado me es tan difícil como soportar estar con Isabella en otra de nuestras misiones.

Aún más complicado cuando llegué a mi departamento y vi todas esas botellas vacías con las cuales brindé por un futuro junto a ella. Entonces miré el reloj y me dijo que iba a anochecer. Mi agotamiento me venció y preferí desvestirme y echarme a la cama que a recoger y limpiar cenizas de nuestro amor y también de cigarrillos.

Luego me acosté y comencé a dar vueltas. Arrojé la cobija que me cubría y el calor aumentó. “Mierda” pensé “como odio los días calurosos”.

Encendí un cigarrillo mientras me sentaba sobre mi escritorio y eché un vistazo a mis recuerdos de una semana atrás. Me di cuenta que no estaba tan jodido como ahora.

“Dormiré bien esta noche y mañana ordenaré mi vida y mi departamento”.

Apagué el cigarro con un par de caladas de sobra y volví a acostarme. Tenía mucha sed y el calor aumentaba. Fui al refrigerador y miré adentro. Nada mas que un pedazo de queso y una botella de vino a medio acabar de hacia muchos meses. Esa misma botella que abrí y bebí junto a una chica llamada Ale antes de mandar todo al carajo y convertirme en un perfecto desconocido. Cerré el refrigerador y abrí la llave del fregadero. Un chorro de agua tibia salió disparada y yo bebí como un condenado. Trago tras trago apagué mi sed. Regresé a echarme a dormir y sonó el teléfono.

“Que jodidez”.

Estaba exhausto por trabajar y beber todos los días y ahora sólo pedía un momento de tranquilidad al ser todo un socio de la soledad.

Tomé la bocina y no dije nada. Escuché una respiración que no sabía si era la mía o la de la persona al otro lado del teléfono.

-¿Jerome?

-¿Sí?

-Jerome.

-Sí, soy yo.

Y también sabía quien era al otro lado de la bocina.

-Vamos a vernos ahora.

Di un largo suspiro y pensé bien mi respuesta.


2

-Hola- dije amablemente.

El hombre de mi lado parecido a una gran morsa me ignoró mientras miraba fijamente por la ventana. Es obvio actuar así cuando una persona desconocida quiere ser amable con alguien más.

Me le quedé viendo a esperar una respuesta. Era lo único que deseaba después de huir de mi vida, pagar un boleto y subirme a un avión para comenzar nuevamente.

El hombre morsa vestía un traje oscuro impecable y sostenía con gran avidez su portafolio. Seguramente sentía mi mirada. Parecía no estar dispuesto a ceder ante mi gentil saludo y más que asustarme por su comportamiento me sentí alentado a insistir.

-Hola- repetí -, ¿primera vez en una avión?

Volteó a verme y fingió una sonrisa mientras negaba mi pregunta.

-Yo sí. Jamás he estado en uno y puedo decir que he hecho muchas cosas locas en mi vida, pero sin duda esta le gana a todas. ¿Usted viaja por placer o por negocio? ¿O me dirá que ambas? ¿Puedo decirle caballero?

Seguí siendo ignorado y no me importó. Después de mucho tiempo de vivir callado ahora quería platicar con alguien y estaba decidido a lograrlo con mi acompañante de avión aunque se pareciese a una morsa con un gran traje oscuro.

-No entiendo porque esa típica pregunta. Son solo dos opciones y me lo preguntaron al solicitar mi boleto. Mentí en mi respuesta porque no viajo ni por placer ni por negocios. De hecho no se porqué lo hago realmente.

La morsa no dijo nada. Agaché la mirada y sonreí. Sonreí porque comencé a recordar, y recordar es volver a vivir.


3

Entramos a su departamento. Todo estaba oscuro e Isabella lo dejó así. Le gusta jugar de esa manera. Cerró la puerta y fue a esconderse. Yo no sabía en donde estaban los interruptores y comencé a caminar entre la oscuridad. Tenía tapadas sus ventanas con gruesas cortinas que impedían el paso de las luces nocturnas de la ciudad.

-¿Isabella?- pregunté alarmado.

Escuché sus veloces pasos pasar frente a mí y después el silencio brotó.

Asustado y emocionado, decidí no seguir su juego. Me quedé estático a la espera de alguna señal. Escuché un gemido y no hice nada. “A donde me he venido a meter” pensé.

-Bien, como tú quieras. Yo me voy.

Di media vuelta y vi en la puerta de salida la silueta de Isabella encendiendo un cigarrillo. El fuego del cerillo iluminó sus finas facciones. Después vi la oscuridad y una fresa brillante y roja del cigarrillo encendiéndose a cada calada de Isabella. Se acercó callada y lentamente hacia mí, mientras fumaba a cada paso y luego exhalaba el humo que llenaba mis gastados pulmones. Esa imagen me produjo una emoción que aún no puedo describir. Jamás me había ocurrido algo parecido.

Se colocó frente a mí y tomó mi rostro con sus manos. Cuidó de no quemarme con su cigarrillo y dijo:

-¿Qué esperabas que sucedería esta noche antes de conocerme?

Vi en sus ojos el reflejo del cigarro junto a mi rostro y la besé.

Isabella sin corresponderme apartó sus labios y repitió la pregunta.

-¿Dónde creías que ibas a estar esta noche?

Suspiré. Su pregunta me pareció absurda.

-¿Importa?- respondí.

Isabella volvió a fumar y yo quise hacerlo también, pero no me atreví a pedirle una calada.

-Me importa demasiado. No sabes seguir un juego- me respondió.

Soltó mi rostro y me dio la espalda.

-Vete.

Me molesté. Primero me seducía y ahora me corría de su espacio por no poder complacerla como ella quería.

-No me importa- le dije –Si no me acompañas tú, me acompañará el alcohol.

Y me dirigí a la salida.


4

-¿Sabe quién es Groucho Marx?

La morsa seguía sin hacerme caso y ahora comenzaba a mostrarse molesto ante mi presencia y qué decir de mis palabras.

-Cuando le presentaban a una persona nueva se disculpaba al llamarle caballero argumentando que no los conocía. Por eso mismo le he llamado a usted caballero. Y perdone mi atrevimiento pero es que aún no lo conozco. Pero si tan solo me dijese su nombre la situación cambiaría y ya no sería un perfecto desconocido para mí.

El hombre quedó un rato estático y después sonrió. Volteó a verme y dijo:

-Vincent.

-¿Perdón?

-Me llamo Vincent.

-¡Oh! Jerome. Mi nombre es Jerome.

Nos estrechamos la mano y quedamos en silencio. Yo ya no tenía ganas de hablar, pero mi nuevo amigo, la morsa, ahora era el que se sentía alentado a seguir platicando.

-Y dime Jerome, hace un rato comentabas que no sabías el porque realmente estabas en este avión. Me das la impresión de que huyes de algo ¿O acaso me equivoco?

-Huyo de mi mismo.

-¡Ja!- exclamó Vincent y se acomodó en el asiento sin soltar su portafolio.


5

-Si pudieses irte a otro país, ¿cuál sería?

Isabella iba a mi lado tomándome de la mano y miraba al cielo que atardecía en ese momento. Caminar parecía cosa de niños en un ambiente así.

-La Argentina- respondió vívamente.

Su respuesta me gustó. De hecho me gustaba todo de ella. Su cabello rojizo que caía sobre sus hombros. Su mirada tan inocente como el de una pequeña niña. La sonrisa tan sincera como sus palabras mismas y que decir de su manera de andar. Parecía que el mundo le pertenecía y sin embargo no tenía nada en la vida.

Desde que la conocí siempre me pregunté porque una mujer como ella estaba a mi lado caminando por las frías calles de la ciudad. Jamás me atreví a preguntarle sobre su pasado, pero yo sabía que ocultaba algo y ahora quería olvidarlo eligiéndome a mí como una compañía; llámese un amigo, amante o simplemente conocido. He aprendido a ignorar ciertas cosas. Y por eso mismo jamás tuve un pleito con Isabella. Sin preguntarnos sobre nuestras vidas todo funcionó a la perfección. Sólo éramos ella y yo hacía adelante por la calle, sin revolver nuestros recuerdos.

Llegamos al mismo bar de siempre y pedí dos cervezas. Siempre bebíamos en silencio. Nos mirábamos y ella me sonreía y me guiñaba un ojo. Me encantaba que hiciera eso. Luego otras dos cervezas y un cigarrillo cada uno. Mirábamos a nuestro alrededor observando a la gente. El silencio continuaba y eso me gustaba. Con Isabella era yo mismo sin tener que fingir alguna conversación interesante. Decíamos más callados. Con duelos de miradas y algunas sonrisas. Quizá un salud se asomaba discretamente y chocábamos las botellas. Después más cerveza. Me sentía cómodo y ella indudablemente también lo estaba.

Al final otras dos frías para cada uno y salíamos de nuestro lugar para seguir caminando por las calles. y mirar el mundo con otros ojos Ahí entre toda la gente a nuestro alrededor me tomaba de la mano y fumaba un cigarrillo.

-Vayamos a la Argentina.

-¿Y que haremos allá, mi querídisima Isabella?

-Lo mismo que aquí Jerome. Rentamos un cuarto. Trabajamos de día y bebemos de noche hasta que ya no podamos más. Luego al día siguiente nos vamos a trabajar crudos y en la noche seguimos bebiendo. Después quiero tener un hijo contigo. Creo que saldría lindo.

Reí por su estilo de vida deseado y bajo el influjo del alcohol me imaginé todas sus palabras.

-Vayamos entonces. Aunque lo del hijo dudo mucho que saliese lindo.

Isabella se detuvo y me besó con mucha pasión. Ahí en medio de todos desbordábamos nuestros mayores deseos. Yo la tomé por la cintura y correspondí a sus besos. Luego seguimos andando hasta llegar a un parque. Ella me pidió que nos sentáramos y así lo hicimos. Me abrazó recostándose sobre mi pecho y yo me sentí un hombre afortunado.

-Extraño a mi amigo.

-¿Y dónde está tu amigo?- pregunté.

Ella se libró de mis brazos y sin mirarme respondió:

-Seguramente enterrado en algún panteón. Por pinche borracho.

No sabía a que venía todo esto. Luego me di cuenta que necesitaba desahogarse con alguien y eligió hacerlo conmigo. No supe que decir. Ella pareció molestarse por mi silencio y luego se dio cuenta que no había necesidad de palabras.

¿Pero acaso Isabella y yo no éramos un par de borrachos?

6

Las palabras miden longitudes que nadie mas se atreve a medir.

Isabella dice que hicimos el amor. Yo digo que tuvimos sexo. Ambos acordamos que cojimos.

-¿Qué haces en tus ratos libres?

La abrace junto a mí y la cobije para no pasar frío. A pesar del calor que aún emanábamos de nuestros cuerpos, el frío es traicionero y se cuela por las pequeñas rendijas de mi ventana.

-Cuestionarme todo el tiempo sobre mi existencia. Eso es lo que hago ¿Quieres un cigarrillo?- dije.

Encendí uno y lo fumé tres veces, luego se lo pase a Isabella para que se lo terminara.

-¿Mañana iremos por otra de nuestras misiones?

-Claro- respondí –, ya sabes. Tú dime la hora y el lugar y ahí estaré.

Isabella llamaba misiones a nuestras caminatas sin rumbo. Partíamos del centro de la ciudad y nos movíamos al azar por diferentes direcciones. Luego nos deteníamos en algún bar y tomábamos cuatro cervezas cada quien. Ese era el límite de Isabella y yo lo respetaba. Después caminábamos hasta perdernos en algún lugar que nos resultase cómodo para sentarnos y ahí nos contábamos nuestros sueños, ilusiones, deseos y todas esas locuras que uno dice cuando su vida resulta tan aburrida y monótona. Yo lo resumo en vidas vacías.

En este periodo con Isabella no tenía nada más que hacer. De alguna manera esperaba a que sucediese algo interesante y yo veía esto como una pequeña distracción. Pero Isabella lo veía de manera diferente. Me di cuenta de ello cuando me abrazo aquella noche que hicimos el amor, tuvimos sexo y cojimos.

-¿Sabes algo Jerome?

-¿Qué?

-Tu desatas la pasión que he tenido encerrada desde hace tiempo. Ahora quiero hacerlo en cualquier oportunidad.

-Hay más hombres como yo.

-¡No! Tú eres distinto. Tienes algo que quiero descubrir en ti y por eso estaré contigo.

-Lo único que tengo dentro de mi es la parte noble. Recuerda lo que acordamos Isabella: no nos vamos a enamorar. Hasta ahora estamos bien de esta manera.

-¿Sabes algo? Cuando no estoy contigo te pienso y me pregunto que es lo que estarás haciendo.

Me levanté y vi todas las botellas vacías. Encendí otro cigarrillo y comencé a vestirme.

-Me dan de comer un corazón que me atrofia el alma- dije entre dientes.

Isabella no me escuchó. Se estaba enamorando de mí.


7

El amor apesta. Muy cierto quien lo haya dicho. No vale la pena.

Curiosamente estaba pensando en Isabella cuando Vincent me dio un codazo. Estaba más silencioso que mis propios pensamientos y eso parecía molestarle al señor morsa.

-Si quiere decir hola, primero tiene que decir aquí estoy.

Vincent sentía curiosidad por saber el por qué estaba en ese avión y yo sentía curiosidad por lo que llevaba en su portafolio. Era justo entonces.

-¿Conoce a Andrés Calamaro?

-Sólo de nombre. No se nada de él- contestó.

-Hay un tango interpretado por él magistralmente. Jugar con fuego se llama la canción y es justo cómo me siento ahora. ¿Qué lleva en ese portafolio?

El hombre sujetó con fuerza su maleta y se aseguró que estuviese a salvo.

-Papeles.

-¿Aviones de papel?

-No. Sólo papeles. Bien lo sabes. Negocios, firmas, documentos.

-¡Vaya! Ahora entiendo la importancia de un pedazo de papel. Representa muchas cosas.

El viejo Vincent asintió tratando de entender mis palabras.

-¿Por qué estas en este avión muchacho?

Entonces decidí contarle una historia para que se estuviese en paz.


8

Tomé la bocina y no dije nada. Escuché una respiración que no sabía si era la mía o la de la persona al otro lado del teléfono.

-¿Jerome?

-¿Sí?

-Jerome.

-Sí, soy yo.

Y también sabía quien era al otro lado de la bocina.

-Vamos a vernos ahora.

Di un largo suspiro y pensé bien mi respuesta.

-¿Con qué objeto?

-Necesito verte. Decirte algunas cosas.

Tomé un taxi y me dirigí al departamento de Isabella. Ahora pasaría otra noche sin dormir y sin limpiar mi vida.

Al llegar a la calle donde vivía la vi en la acera con un par de maletas. Bajé y me coloqué frente a ella.

-¿Qué haces?

-Me voy de aquí Jerome. Ven conmigo. Vayamos a la Argentina.

-¿Estás loca? Es madrugada y no tenemos dinero. Además no hemos hecho reservaciones y no has pensado como viviremos. ¿Sabes como es la situación allá?

Isabella se mostró molesta.

-¿Recuerdas la última vez que hicimos una de nuestras misiones? Paseábamos tranquilamente y nada nos importaba.
Asentí.
-Y luego vimos un grupo de jóvenes tocando con gaitas y tambores, como si de una banda escocesa se tratara. Y nos quedamos viendo largo rato cómo tocaban y nosotros bailamos un poco al ritmo de esa música. Después les dimos unas monedas por hacernos una tarde tan amena y cuando estaba oscureciendo decidimos seguir caminando. ¿Lo recuerdas?

“Luego llegamos al mismo punto donde comenzamos. Entramos y salímos del laberinto. Y había un grupo de gente con carteles y gritaban y pedían y exigían que nos uniésemos a su protesta para evitar que el mal gobierno nos perjudicara más. Y yo te pedí que nos quedásemos para informarnos más de la situación y tú me alejaste diciendo que no era tu lucha; mucho menos tu guerra.

“Ahora te pido que cumplas con tus palabras. Allá en la Argentina debe estar sucediendo lo mismo. Debe haber gente gritando y agitando carteles pidiendo justicia para su pueblo. Pero nosotros pasaremos de largo y sabremos que no es nuestra guerra. Disfrutaremos de la tarde y por las noches beberemos juntos. Luego haremos el amor y al final soñaremos con algo más que no sea la Argentina. Te pido que vengas conmigo Jerome.

No supe que decir. Isabella tenía razón. Me le acerqué para darle un beso en la frente y me fui de ahí para regresar a mi departamento.

Al llegar me senté sobre la cama y me dispuse a dormir. Por fin podría descansar luego de tener esta extraña relación.



[...]

2 comentarios:

Toust dijo...

Concedido mi estimada.

Cecilia dijo...

Sólo vine a dejarte un abrazo...