22/11/10

¿Te acuerdas de mí?

En literatura se puede ser todo, incluso asesino como François Villon, pero no ingenuo


Me lo pasó una amiga y me recordó algo leído por ahí: Las historias no son una huida de la realidad sino un vehículo que nos transporta en nuestra búsqueda de la realidad, nuestro mejor aliado para dar sentido a la anarquía de la existencia.
Enjoy it!

¿Te acuerdas de mí?

Hace tanto que no te veo; hace tanto que no te escribo y sin embargo ni un solo día has dejado de estar en mi mente.

¿Qué tal va todo? ¿Y el amor?

Perdona mi falta de educación, deja presentarme: mi nombre es Karen Denise. Perdona si insisto, ¿me recuerdas?, soy aquella desconocida de internet que por alguna razón hablaba contigo en las noches; a la que decidiste llamar y te encantó su voz; la que no tenía tiempo de recordar tu nombre; soy la chica de la tienda de helados; la de la sonrisa encantadora y voz amable, ¿aún te parezco extraña? Quiero pensar que es mi figura. Ciertamente ha cambiado algo; mis ojos perdieron brillo y mi sonrisa se apagó desde… desde octubre de 2010.

¿Cómo has estado?, ¿Por qué tan callado?

Antes no parabas de hablar. Seguro aún no me recuerdas, soy aquella con la que fuiste al cine el 24 de julio de 2009. A la que pediste que fuera tu novia, la misma que te preguntó si creías que funcionaría y a la que le dijiste: “podemos hacer que funcione”.

Soy la mujer que comenzó a quererte rápidamente, y que para noviembre ya te amaba; soy esa que tenía miedo de decírtelo y cobardemente esperó a que tú lo dijeras. ¿Puedo hablarte de tú?, ¿puedo seguir con mi historia?... soy a quien no dejaste sola en diciembre, el mes que más me aterra, y Navidad, la fecha que menos disfruto. A mi fue a quién regalaste ese anillo tan especial, con la instrucción de devolverlo si se agotaba el amor; ojalá aún lo tuviera, sería prueba de lo que digo. Perdona si te parezco inoportuna, sólo quería platicar, te pareces tanto a él.

De mirada firme, la pupila enmarcada por un aro de luz, sonrisa seductora, brazos y piernas fuertes, labios deliciosos.

¡Febrero siete! Sherlock Holmes, palomitas, una cena, ¿no recuerdas tu cumpleaños?, soy la mujer que besabas durante la función. La que no soltó tu mano. Y hablando de cumpleaños, soy la que cumple el 27 de abril, tampoco te dice algo esa fecha ¿cierto?, bueno, si me permites continuaré.

Soy la necia berrinchuda que lloraba por todo. A la que siempre aconsejabas que pensara mejor las cosas, que no fuera tonta; a la que le limpiabas las lágrimas, besabas tiernamente y abrazabas durante lagos ratos hasta verla sonreír. Soy aquella a la que enseñaste a comer sin inhibiciones, a la que comprabas hamburguesas, tacos, garnachas; soy la que nunca quería engordar pero siempre convencías de comer. Subí algunos kilos al estar junto a ti.

¿Tienes algo? Te noto un poco incómodo, ¿te duele algo?, bien, continúo. Soy la celosa con la que sostuviste varias peleas que terminaron siempre con un “te amo”. Soy con la que hablabas por teléfono todo el día sin importar algo; soy esa voz que te provocaba miles de sensaciones.

Soy esa con la que hiciste el amor tantas veces, de tantas formas, en tantos lugares. A la que brindaste y con la que conociste nuevas sensaciones, con la que descubriste un nuevo paraíso para ambos.

Quisiera recordar, pero señorita, ha olvidado usted algo, soy experto en olvidar.

No lo he olvidado y aún no termino, es usted, digo, tú, quien es experto en olvidar y soy yo la que vive llorando por no poder hacerlo. Soy a la que considerabas más fuerte que tú. Soy a la que contaste aquel secreto que nadie o pocos saben; soy quien más quería ayudarte.

Soy también quién quiso en todo momento hacerte soñar y creer en el amor; soy esa persona que no dejaba de preguntarse por el futuro, quien no se imaginaba uno sin ti.

¿Recuerdas quién eres tú?, no me mires de ese modo, es sólo una pregunta. Eres a quien yo admiré más y quien me enamoró completamente; eres quien me cocinaba en días especiales, quien estaba en mi casa los fines de semana y se iba tarde en la madrugada por estar unos minutos más conmigo. Soy a quien besabas incansablemente, a veces tierno, a veces apasionado.

Eres el que me dio flores, quien me enseñó con unos simples papeles y una pluma de tinta invisible a que el amor no siempre se puede ver; eres aquel que robó mis sonrisas y mis lágrimas. Eres con quien discutía de temas tan distintos como autores, teorías, cine, música, banalidades, pensamientos profundos. Eres quien me enseñó a vivir, quien me enseñó cómo es el amor.

¿Recordaste quién eres?

No.

Debí suponerlo, la verdad es que mi historia es un cuento de hadas, deja presentarme mejor. Soy quien se ponía celosa y te reclamaba por tus amigas y quien quería golpear a una de ellas… en realidad a todas las que pudiera; soy la que no recordaba cuánto la amabas si no se lo decías a menudo. Soy quien lloró porque no tenías mucho tiempo o porque simplemente querías pasarlo de forma diferente.

Soy quien discutía cuando pensabas que todo estaba bien. La que incluso lloró porque te ibas antes, porque no contestabas sus mensajes, porque llamabas “amor” a una de tus amigas. La que se mostraba insegura la mayor parte del tiempo, la que no quería que tuvieras una relación con tu ex novia. Soy yo la que te pidió dos semanas para pensar lo que realmente quería, soy la que te golpeó en la cara; el golpe que más te dolió después de uno de tu madre.

Soy con quien hiciste el amor después de llorar y prometer que todo estaría bien, que nos arriesgaríamos; soy a quien viste en una fotografía que decía más de lo que en realidad había sido. Soy quien perdió tu confianza y tu amor, quien no te entregó aquel anillo tan especial. Soy la que robó el carro de sus padres en la madrugada para ir a tu casa y rogar que no te fueras; soy la que lloró como un bebé frente a ti; soy la que te besaba mientras no movías un músculo más que los labios para evitar que la saliva llenara tu rostro.

Soy… soy la que siguió rogando, soy aquella que abandonó tu casa en un mar de lágrimas y derrotada; la que sin ser hábil para manejar un automóvil corrió a más de 120 kilómetros por hora, la que pensó no detenerse en la curva, no mover el volante. Soy la que te lloró las siguientes semanas, los siguientes meses, la que te buscaba y a quien tratabas con indiferencia, soy…

¡No sigas! Recordé por qué decidí olvidarte…

No quise lastimarte, ¿ahora recuerdas quién eras? El amor de mi vida, aún lo eres…

El que me prometió estar siempre conmigo. El amor que me valió tantas noches sin dormir, tantos corajes, incluso humillaciones. ¿Recuerdas que en ocasiones diste preferencia a tus amigas? a las más cercanas asegurabas amarlas y les llamabas como a mi: “amor”. Eres esa persona de gran corazón que cuando te necesitaban, yo no importaba, ni siquiera la distancia. Soy la que trabajaba muy lejos, por eso no ibas por mí, pero tu eras el mejor amigo que cruzaba la ciudad para ver a alguien. Eres a quien le importó más que tu querida amiga comiera, aunque yo no hubiera desayunado. Eres quien me levantó del piso tomándome del cuello, quien sangró su puño al golpear mi pared, eres quien me gritó, eres tú esa persona que al verme llorar no hizo nada, incluso pensé que lo disfrutabas; eres el que me miró y sin titubear, sin aceptar explicaciones, sin derramar una sola lágrima, destruyó mis ilusiones, quien trituró mi corazón excusando que yo había hecho lo mismo. Eres quien no quiso aventurase a olvidarlo todo a mi lado, quien no quiso aceptar que yo también cometo errores y que aquel error lo cometí cuando no estábamos juntos... eres quien no pudo perdonarme…

Lo siento, ahora soy yo quien no quiere seguir, recuerdo y no puedo entender cómo describo a alguien que nunca conocí. Alguien tan malvado que cualquiera odiaría y sin embargo sigo amándote, sigo con ganas de permanecer a tu lado, sigo queriendo ser tu historia, no una más que decidiste dejar atrás.

Lo siento.

Yo también, me tengo que ir.

Tal vez algún día conversemos de nuevo. Tal vez algún día pueda enamorarte de nuevo.

No lo creo.

Te vendo un sueño. Compro tu realidad. No está a la venta.


07/11/10

La chica suicida

Se hacía tarde para ir a casa y aún faltaban unas cuántas calles para llegar. En la oscuridad me da más miedo que me asalten y por eso miro para todos lados. Fue ahí que me distraje por un momento y vi una sombra que estaba en la orilla de un puente. Me detuve y comencé a caminar hacía ese lugar.

Al estar a pocos metros vi que la silueta de una joven chica que lloriqueaba. Vestía unos converse muy sucios y un pantalón entubado; una blusa a rayas negras y rosas y todo su cabello le tapaba el rostro. Me acerqué sin hacer ruido y la escena me pareció interesante.

La chica parecía estar maldiciendo algo entre dientes y se sostenía fuertemente del barandal del puente. Miraba hacía abajo, en donde unos ocho metros separaban su frágil figura de una trágica pero también graciosa y cuestionable muerte.

Estuve observándola ahí largo rato hasta que pensé en retirarme e irme a mi casa a escuchar mis discos de David Bowie y Queen, pero la chica pensó en la estupidez más grande y se alzó sobre el barandal para saltar.

Solté un pequeño grito de exclamación (admito que me asusté). La chica volteó a verme con una lágrima que se deslizaba por su mejilla y nuevamente miró al vacío.

-Vete. Interrumpes mi suicidio- dijo con voz entrecortada.

¡Bien! Una virgen suicida como en la peli de Sofia Coppola pensé.

-¿Te cae que te vas a suicidar?- pregunté burlonamente.

-¡Ash!- exclamó la chica al mismo tiempo que negaba con la cabeza.

Quedamos en silencio durante un breve instante. Decidí romper esa incomodidad y di unos pasos hacía ella. Aún estaba un poco lejos para alcanzarla.

-¿Por qué lo haces?

La chica continuó inmóvil y decidida a arrojarse.

-Porque los hombres son unos tarados- aseveró.

-¡Ah!- exclamé -así que todo este numerito es por un hombre.

Solté una carcajada y la chica me miró furiosa.

-¿De que te ríes imbécil? Se nota que jamás te has enamorado.

Me quedé callado.

-Apuesto que eres de esos chicos que sueñan con chicas como yo.

Me sentí ofendido y di unos pasos hacía atrás. Por mí que se aviente pensé

-Claro que no. Odio a las niñas pendejitas como tú. Prefiero estar con mis amigos y disfrutar de la vida. Te ves tan patética colgando de un puente y llorando por un tipo que seguramente está con otra pendejita como tú.

-Ja. Seguramente eres maricón.

Sus palabras doblaron mi ego y yo mismo quise arrojarla para que se callara, pero no me atreví.

-Y a todo esto, ¿que estás esperando?- dije retándola a saltar.

-Quiero estar sola. ¡Vete!, me interrumpes.

-Ya no lo haré, me has involucrado- manifesté mientras me acercaba poco a poco a la joven. Mi corazón comenzó a latir más rápido y quise salvarla.

La chica se dio cuenta de mi intención.

-Si estás tratando de salvarme no lo lograrás. Si te acercas saltaré y todos creerán que tú me arrojaste. Terminarás en la cárcel.

Me asusté y estuve a punto de salir huyendo, pero preferí correr el riesgo. De todas maneras no tenía nada mejor que hacer.

-¿No has pensado en tu familia? ¿Qué dirán de ti cuando te encuentren muerta y echa puré?

La chica miró al cielo nocturno y comenzó a gimotear. Estuvo así unos segundos y después dio media vuelta agarrándose del tubo. Luego me miró sonriendo.

-Tienes razón. No vale la pena morir por un chico. ¿Me ayudas?

El alivio invadió mi ser y hasta creí que me la había ligado. Me acerqué para jalarla hacía donde yo estaba. Quedamos frente a frente y nuestras bocas casi estaban juntas. Suspiré y deseé que no terminara la bonita escena.

-Me dicen Mina.

Sonreí.

-Me dicen Lalo.

-Gracias Lalo.

Mina me dio un beso en la mejilla y después me empujo. Dio media vuelta y se arrojó en silencio hacía una muerte segura.

Me levanté rapidamente sin creer lo que acababa de ocurrir. Mi corazón quería salirse de mi pecho y mi respiración se aceleró. Miré por el borde del puente y no pude ver donde había caído. Todo estaba muy oscuro. El viento frío me provocó piel de gallina.

-¡Auxilio!- grité.

Nadie me escuchó y me quedé unos minutos sollozando mientras esperaba que algo sucediera.

Pasó casi una hora desde el suicidio de Mina y me levanté para irme a casa. Al llegar mi madre notó mi tristeza y nerviosismo y preguntó qué es lo que había sucedido. Le conté lo que viví hasta el último detalle y mi madre solo se tapó la boca con la palma de su mano. Dio un paso atrás y me miró asustada. No dijo nada más.

Al día siguiente regresé al puente para ver qué había sucedido. Esperaba ver ambulancias y patrullas, con mucha gente alborotada, pero en su lugar solo hallé un tránsito normal de personas a través del puente.

Me dirigí a donde pudo haber caído Mina y vi una cruz pegada en el suelo. Me aterroricé cuando leí lo que estaba escrito sobre aquella cruz.

Aquí murió

Guillermina Valencia

La chica suicida

1990-2005

Eso ocurrió hace tres años pensé.