Miré a la gente alrededor. Estaba en un centro comercial muy concurrido por la gente de clase media alta. Había señoras que malgastaban el dinero de sus maridos en vestidos de noche y parejitas jóvenes decidiendo que película verían esa tarde. Obvio era miércoles. Yo estaba acompañado únicamente con mi cigarro.
¿En dónde podrá estar? me pregunté mientras exhalaba el humo de tabaco.
En eso se acercó una joven de casi veinte años. Alta como yo y delgada como casi nadie. El cabello le caía sin llamar la atención sobre sus hombros; vestía de manera muy casual. Unos jeans tradicionales y una blusa azul que me impedía saber de que tamaño eran sus pechos.
-Hola- dijo la joven extendiendo su mano.
-Hola- contesté tratando de adivinar su talla de brassiere.
Arrojé el cigarro al suelo y lo pisé. La joven me preguntó mi nombre y después de decírselo me invitó a sentarme a lado suyo.
Ella buscaba insistentemente mis ojos y yo trataba calladamente de ver sus pechos.
-Gracias por venir.
-De nada... Zalli. ¿Ese es tu nombre verdad?
La joven asintió y comenzó a decirme la razón por la cual estaba ahí. Hace una semana me contactó por Internet explicando que alguien le había pasado un par de historias mías. Ella conocía a una editora independiente que buscaba escritores para llenar su revista de material nuestro. Y cuándo me contó todo ello con muy poco lujo de detalle me preguntó si estaba interesado en aportar algunas historias mías.
-Suena interesante el asunto- dije con cierto aire de grandeza.
Zalli sonrió y continuó explicando los pormenores del asunto. Mencionó la importancia de registrar mi obra para evitar que alguien se robe el crédito de mis historias y también me pidió nuevos cuentos que le mostrase.
-Claro. Considero importante todo esto. Ahora estoy en proceso de una novela que poco a poco voy escribiendo. En verdad es una idea muy ambiciosa, pero creo que tomará su tiempo y mientras tanto puedo aportar pequeñas historias para su revista.
Abrí mi morral y saqué una carpeta llena de todos mis escritos. Comencé a seleccionarlos para mostrárselos a Zalli. Estaba la historia de la chica suicida; el cuento del niño que se enamoró tres veces; la trama del sujeto que se emborrachaba en una fiesta y se encontraba a si mismo platicando, entre muchas otras.
En tanto; ella estuvo contándome sus experiencias como escritora. Decía que una vez escribió un cuento corto y estuvo a punto de tirarlo a la basura porque no le gustó, pero una extraña fuerza sobrenatural impidió tal tragedia y lo registró en un concurso dándole el primer premio.
Cuando me contó ésto le miré sorprendido y nuevamente ella buscaba mis ojos, mientras yo buscaba sus pechos. Callamos un momento y sujete suavemente por la orilla unas hojas.
-Aquí está, puedes leer esto- le dije mientras le entregaba una historia que había escrito hace un par de años atrás. La historia del hombre que en un bar le metía dedo a una chica mientras su novia se embriagaba. Una historia que nunca falla.
Y mientras Zalli lo leía callada y detenidamente con cara de juez, yo me coloqué mis audífonos y puse una canción al azar en mi iPod. Fue el turno de Brad Mehldau y el cover que le hacía a Radiohead entrar a mis oídos en lo que una persona disfrutaba de mi historia.
Y en un instante mi corazón comenzó a emocionarse y no fue precisamente por la joven que estaba a un lado mío leyendo mis cuentos, sino era esa ansiedad de saber qué talla usaría de brassiere para contener esos pechos que aún no alcanzaba a divisar discretamente. ¿Grandes o pequeños? ¿Firmes o sueltos? ¿Qué tanto abarcaría mi mano?
Pasaron cinco minutos y Zalli me entregó mi cuento.
-No creo que tengas dificultad en publicar este tipo de material en la revista.
-¿En serio?- pregunté.
-Claro.
Le dije a Zalli que todas mis viejas historias las estaba reescribiendo para mejorarlas.
-Eso es obvio. Lo que acabo de leer puede resumirse. Hay mucha paja de sobra- dijo ahora ella con cierto aire de grandeza.
Me sentí ofendido y humillado. Fue en ese momento que decidí rechazar su invitación y seguir con mis historias por algún otro medio.
-¿Sabes algo Zalli? Yo escribo lo que quiera y cuando quiera. No creo que funcione si estoy obligado a aportar una historia semanalmente para una revista que casi nadie lee. Además mis escritos no están a la altura, según tus primeras impresiones.
Me levanté apresurado y guardé mi carpeta de cuentos. La mano comenzó a temblarme y quise fumar nuevamente, pero primero tenía que salir de ahí.
-Tus historias funcionan. Es solo que no son muy elaboradas. Les falta algo que tú mismo debes descubrir- dijo queriendo minimizar su comentario anterior.
Por primera vez vi sus ojos en vez de sus pechos y dije lo que mejor se me ocurrió:
-La grandeza de lo simple. No escribo para agradarle a la gente.
Zalli me pidió que lo pensara y me comunicara con ella al día siguiente. Le dije que así lo haría y me fui de ahí sin volverla a ver. Obviamente no pude divisar sus pechos y jamás supe que talla usaba. Mi imaginación se encargará de juzgarla así como ella lo hizo con mis escritos.
A los pocos días me envió un correo preguntando mi decisión. No le contesté su mensaje y no volví a tener ningún tipo de contacto con ella. Al final de su mensaje escribió unas palabras:
Para ser un buen escritor es indispensable hacer tres cosas: escribir, leer y vivir.
Lo medité durante un tiempo y de la última palabra no estoy muy seguro de haberlo hecho. Después de esta experiencia decidí no confiar en una editora independiente hasta conocer la talla de su brassiere.






